La Guarachera Tuerta
by Larry J. González


Zeferina, la tuerta, decidió de la noche a la mañana que ella se iba a convertir en una fiera para los negocios. Le veía tremendo porvenir a toda esa zona que hoy se llama El Emboque, incluida la lomita por la que se sube a la iglesia de Regla. Y por allí mismo, Zeferina tiró su bohío de guano, su modestica covacha. Se inventó su negocio vendiéndole cacharros y chucherías a aquel que le venía a ofrecer sus votos a Yemayá, las clemencias a Nuestra Señora de Regla. Zeferina también vendía velas. Todo a base de pregón. Pero luego apareció un comerciante y empezó a copiar a Zeferina, y apareció otro, y otro. Cuando Zeferina vinó a darse cuenta ya tenía alrededor de su bohío a un pueblo, y se vendía allí lo que fuera, y se ponían hasta mesas con una pila de dulces que Zeferina nunca tuvo ni la más puta idea de cómo hacer. Y nadie le iba a dar la luz a Zeferina. Todo era para matarle el hambre al creyente. Así Zeferina comenzó a vender cada vez menos. Por eso se dice que Zeferina perdió la cabeza y empezó a tirarle melones a Yemayá como una posesa, para que le devolviera lo suyo. Como una loca se movía Zeferina subiendo y bajando la lomita, al compás de algo muy raro que se parecía bastante a lo que después fue la cadencia de la guaracha. Con los años, cuando ya nadie se acordaba de Zeferina, se construyó otra iglesia en la lomita esa: la actual iglesia con su entrada lateral de cara al mar.

Por mucho que a ti te digan que el poblado de Regla no es solo una iglesia, que también es esto, o lo otro, o aquello. Tú olvídate de lo otro y del aquello, porque Regla es ante todo la casa de una madre negra que va de azul con un vestido ribeteado en encaje blanco. Eso es lo primero, y lo segundo son las lanchitas que te cruzan la bahía para ponerte de frente a la cara de esa santa. En Regla, la madre negra es lo primero de lo primero. Pero hay sobretodo tres rostros de esa madre negra que reciben visitas y más visitas, tres Yemayá que son las más famosas en ese poblado. Aunque no dudo que haya en Regla, en la casa de una hija bien devota, una santa impresionante de tamaño natural u otra que cumpla promesas a la orden del día. Pero las tres Yemayá más famosas están justo subiendo la famosa lomita. Adentro del templo están la del altar mayor y la del altarcito que te queda a la izquierda. Afuera, saliendo de la iglesia, ahí mismo como quien dice, está abierta, casi siempre, una casa con otra santa rodeada de vasos espirituales, custodiada por las fotos de quienes fueran sus hijas. Mirándote con unas miradas de fe y confianza que te aplastan. Para pedir, te puedes hincar lo mismo de rodillas en la casa de estas devotas, que en el altarcito de la iglesia, te dejan más poner las rodillas en ese altarcito que te queda a la izquierda, que en el altar mayor. Porque es así de rodillas como se le implora a una madre cuando es santa y es negra.

Aunque también puedes mojarte los pies y pedirle en el borde del mar, o abrir un hueco y poner una vela, o tirar un melón, como Zeferina, en el vaivén de las olas que chocan contra el arrecife. A Yemayá tú pídele por lo que lo que tú quieras, pero pídele más si preñarte no puedes y estás loca por ser madre, por ver libre a tu hijo si está preso, por la salud de tu niño si está enfermo. Pero a Yemayá también se le pide mucho por ese viaje, por acabar de cruzar el océano. Por irte.


︎Presented by Habana Arte



 



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