artwork by Giselle Monzón

“Hasta el Coppelia es a peso”
by Larry J. González


Cuando yo era un niño para mí La Habana era El Vedado. A mí lo único que me importaba de La Habana era El Vedado. De mi pueblo se salía para la ciudad en un tren o en una guagua que le decían La Directa. Yo venía a dos hospitales en La Habana casi todos los meses. Unas veces venía por ser bizco. Otras veces por tener la columna con tremenda joroba. Sobre los viajes de ese niño cuatro ojos escribí este poema que aparece en la página 27 de un libro de poemas que me publicaron en México. Es un poema dedicado a mis padres cuando se turnaban para traerme a eso dos hospitales de la capital:

VI
juanito y odila

La posada cerca de la terminal de trenes. Antes de coger el tren de regreso al pueblo dibujo los dos muñequitos que cuelgan en el lumínico. Son mis vacaciones en La Liga contra La Ceguera para corregir el estrabismo.

Ejercicio n. 1:
Ubicas los ojos en prismáticos enormes. Agarras una manivela y tratas de encajar al muñequito mujik en su choza. Exactamente lo dejas reposar en la ventana. Allí espera su consorte tiesa: la muñequita mujik.
Un nogal junto a la choza.



Llegó un momento en que los viajes en tren y en La Directa dejaron de ser tan seguidos. En La Liga contra la Ceguera me hicieron desaparecer casi por completo el estrabismo con unos ejercicios que trajeron a Cuba unos oftalmólogos rusos. Y en el Frank País me dijeron que podía dejar de usar aquellos aparatos ortopédicos para enderezarme la columna y me mandaron unos ejercicios que podía hacer yo solo en mi casa. Después de eso, veníamos menos a La Habana, pero veníamos de vez en vez. Y en las vacaciones también veníamos. En cada uno de los viajes casi siempre terminábamos en El Vedado. A no ser que me tocara el cine Dúplex. Si yo había visto en la cartelera de cine que ponían por el televisor, aquella cartelera de 24 x segundo, que en el Dúplex echaban Cyborg 009 o El flautista contra los ninjas, había que llevarme al cine después del turno médico (no quiero atormentarte aquí con una lista más larga de las películas que vi en ese cine. O hacerte el cuento de mi trauma cuando no entendí Yaltus, ese es un cuento que no dejo de hacer cada vez que hablo del Dúplex). Yo veía allí dos o tres tandas seguidas mientras mis padres se dormían en aquellos asientos reclinables. Antes no tenías que salir del cine para empatar la película y por eso podías entrar a media tanda. Dice mi mamá que ella no recuerda esos asientos tan cómodos en ningún otro cine. Acá el detalle está en que ese cine era en Centro Habana y en mi recuerdo ese era un cine en El Vedado. En mi cabeza todo lo que yo disfrutaba era en El Vedado. Hubo muchas veces que nos quedábamos en casa de la tía de mi mamá que vivía en la Víbora. Y tanto la Víbora, como Marianao o La Lisa, donde estaban mis dos hospitales, para mí eran otra cosa. Pedazos de pueblos grandes. Bien lejos de mi interés por el Malecón y comer donde más me gustaba en El Vedado. Lo mío era Coppelia, los sándwiches, los eclears y los sueros del Carmelo y la cafetería del Habana Libre, porque la puerta del Habana Libre se abre sola. No recuerdo ir al cine en El Vedado. No creo que haya entrado nunca al Yara de niño, por ejemplo. No recuerdo otra calle que no sea la calle 23. Cuando vine a estudiar para La Habana y pregunté por el Dúplex y me dijeron que eso era en Centro Habana, puse la cara de aquel que duda. Yo estaba muy seguro que ese tenía que ser uno de los mejores cines del Vedado. Que no quedaba ni por el Capitolio, ni cerca del Payret, ni estaba anclado en el centro del Boulevard de San Rafael. Un niño se hace un mapa en su cabeza como le da la real gana a la cabeza del niño. Pero ese mapa lo cambia el tiempo con una pregunta, en un instante. Y es que, guajirito, todo no queda en El Vedado.
︎Presented by Habana Arte



 



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